Admiré a Salvador Dalí, tal vez, persuadido por la difusión publicitaria que exhibía su figura, o hasta ahora lo postula, como paradigma del ingenio, del genio y de la genialidad, aunque la imagen, sinceramente, proyecte el rostro de un excéntrico o un esquizoide.
Dije “lo admiré”, pues en el verano del 2004, año jubilar del natalicio del catalán ensimismado en el surrealismo, visité el evento preparado como homenaje en el Museo de Arte Moderno Reina Sofía de Madrid: tras recorrer las distintas instalaciones, una idea afincó una espina contra aquel trabajo: ¡Este es un pobre loco!
Entonces, aquel día, caminé por la capital de los españoles durante un largo rato, hasta llegar a una ermita diseñada para sepultara, la decoración confiada a Francisco de Goya (1746-1828), luce cuando el visitante se ubica debajo de pequeña cúpula: tras una baranda -todo en fresco- el espectador -que sea curioso- indaga la acción detenida o, mejor dicho, perdurablemente propuesta de un inocente a punto de ser ajusticiado, mientras un fraile súbitamente llama a comparecer al occiso, quien relata su versión, el tumulto –campesinos, burgueses, verduleros, nobles y putas- escucha atónito, menos el escurridizo y angustiado culpable. ¡Esa es la obra de un genio!
Fermín H. Sandoval
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