El cuento Continuidad de los parques (Final de juego, 1956), de Julio Cortázar (1914-1984) muestra que la obra de arte nunca deja indiferente al espectador, sino que lo afecta, implica e influye con esa seducción perturbadora que especifica la obra de arte como tal, esta es la esencia del arte y mientras una obra carezca de este rasgo no se puede hablar ni de artistas ni de artes.
El misterioso elemento constitutivo del arte perdura a pesar de las manipulaciones psicológicas y sociológicas que imponen los magnates, las modas y los públicos acríticos, porque enlaza el contenido textual, o su sugerencia, con lo humano que existe en el interior de cualquiera individuo y supera, incluso, el problema, ahora latente, de las afecciones de “interdisciplinariedad, interculturalidad y canon en la poesía” (Iván Carrasco M., 2002), que alteran “las teorías y metodologías de interpretación”.
Todo artista, jamás se puede conformar con un título –si puede haber títulos en este campo (las escuelas solo se pueden enseñar, mal o bien, unas técnicas)-, igual que cualquier otro profesional es el producto ofrecido el que lo define como tal y el lustroso título del arte y de artista está reservada para pocos, aunque algunos lo gocen de la fama por el dinero o por las influencias.
Fermín H. Sandoval
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